En cualquier circunstancia. Te puede pasar en el baño de tu casa mientras te afeitas o defecas o te puede pasar dentro de un banco donde has entrado a pagar las cuotas pendientes de la Comunidad de Propietarios, que al final y a la postre es uno de los actos más peregrinos que cualquiera puede protagonizar. Estás esperando cola preguntándote quien se estará forrando de pasta con esas cuotas. Delante de ti hay un jubilado que tiene la intención de actualizar por novena vez en lo que va de semana su cartilla. Lleva una carpetilla azul con gomas donde inequívocamente guarda sus cosas, necrológicas de sus conocidos mayormente. En la cabeza de la fila una joven paga las tasas de la matrícula de veterinaria que se empeño en estudiar cuando con doce años su padre le llevo a dar una vuelta a lomos de un jamelgo más muerto que vivo y que respondía al nombre de Samuel. Haces caso omiso a todo el entorno. Quizá subes un poco el volumen de la música. En ese momento podría iniciarse una invasión extretarrestre o un tipo podría entrar por la puerta, ponerse una media y sacando una pistola anunciar a voz en grito “esto es un atraco” que tu seguirías sin darte cuenta. Hasta que sobre el volumen de la música se escucha una voz que dice: “El sesenta y uno”. Ese número te suena. Y cada vez comienza a sonarte más y más y más y más hasta que eres consciente de que sabes que lo tienes. En algún sitio de tu cabeza. Sales de tu ensimismamiento. El abuelete se retuerce y se da la vuelta, molesto por la tardanza de la joven que está pagando sus estudios. El ochenta y cuatro. No te lo terminas de creer. Sonríes un poco, no sabes muy bien a que ni porque. El trece. El maldito número de la mala suerte, pero que también forma parte de esa combinación a la que estás teniendo acceso a través de no sabes muy bien que red neuronal. El cuarenta y cinco. Ese también lo tienes. Confías en que no siga el nivel de acierto pero sabes que a esas alturas estás perdido. Te va a pillar ahí, en un maldito banco, con la pasta en la mano. Debe ser como cuando tus padres entraron en tu habitación cuando tenías trece años y te pillaron con la minga bien aferrada. Y el último número, el veintinueve… ya está la combinación completa y tu los tienes absolutamente todos. El tiempo ha pasado de una forma extraña. La joven ha desaparecido hace rato. El abuelo ha terminado sus gestiones. Posiblemente en ese espacio de tiempo haya tenido lugar una invasión alienígena y tu seas el ultimo ser humano sobre la faz de la tierra. O puede que un tipo haya entrado en la sucursal, se haya puesto una media en la cabeza y haya gritado que “esto es un atraco”. Y tu no te has enterado absolutamente de nada, demasiado concentrado como estas en darte cuenta de que, sin comerlo ni beberlo, en el sitio más aburrido de la historia, acometiendo una de las actividades más prosaicas que te puedas echar a la cara obviando el leer un manual de autoayuda, te has acabado acordando sin saber muy bien porque, del número de teléfono que tantas veces marcaste para asegurarte una caricia o un polvo y que después de utilizarlo para despedirte acabó sirviendo tan solo para intentar olvidarlo de una forma que a la luz de los acontecimientos, ha resultado bastante poco satisfactoria.
Puta memoria.
Sonando:
Morphine. Slow numbers.
Del LP "The night"
